Secuelas de una larguísima nota de rechazo
martes, 21 de mayo de 2013
SALTOS
"La diferencia de temperamentos que separaba las pasiones autodestructivas de Arturo y las ensoñaciones vitalistas de Lola eran, a primera vista, una cuestión de cuerda. Si el primero se debatía entre ondulantes fantasías de aniquilación, (Arturo pasaba las noches imaginando posibles y heterodoxas formas de suicidio) Lola, envuelta en lúdicos y frenéticos pensamientos, soñaba con el momento de saltar del avión en paracaídas. Arturo vivía solo y se dedicaba, lejos del mundanal ruido, a la creación pictórica. Su obsesión por el paisaje lo había llevado, quizá de forma inconsciente, a alejarse del retrato y con esto, del resto de seres humanos. Dicho aislamiento, sumado a una angustiosa experiencia del mundo, lo habían empujado a una conciencia absurda y a un desproporcionado temor hacia la muerte. Lola, por el contrario, con su incontestable pasión por los deportes de riesgo, afirmaba la vida arriscándola. Su postura era la de una participación total con el mundo. Lola sentía intensamente la vida. La exaltaba. Tenía amigos, asistía a clases de cocina y no se lo pensaba dos veces antes de atarse el arnés para lanzarse así, desde lo más alto del puente de los enamorados. De esta forma, e ignorando los extraños designios del destino, el frustrado suicida y la enérgica aventurera, se encontraban, todavía como dos extraños, a un paso de dar el gran salto".
miércoles, 24 de abril de 2013
MINESSOTA
"Poco antes de enterrar a mi padre, enloquecí. De pronto, había decidido que no quería seguir. Abrí los ojos y ya no pude salir de la cama. En el hospital me diagnosticaron lo que se conoce como Psicosis Reactiva Transitoria, lo cual significa que estás loco pero no de un modo oficial. La locura transitoria te abandona del mismo modo en que llega. Vas a pasar unas vacaciones a la ciudad de los locos, de los tarambanas, de los majaretas y, de regreso, todo está en su sitio; es decir, patas arriba. El doctor K me preguntó si había sufrido algún episodio de estrés durante los últimos meses y yo pensé que, dadas las circunstancias, aparte de perder mi empleo en Coca Cola, sufrir un par de desengaños amorosos y cargar con inconfesables culpas, pocos motivos había tenido para volverme paranoico. Lo mío no era locura, era carácter; o más bien, falta de éste. Los griegos lo llamaban ethos. Por el contrario, yo debí nacer con un exceso de pathos, pues desde que tengo uso de razón, todo en mí ha sido tristeza, pasión, padecimiento y tendencia a la enfermedad. Cuando era niño, los muros del colegio me parecían de un desconsuelo insoportable. Así, mientras los otros correteaban, cantaban y peleaban hasta partirse los morros, yo me apartaba, melancólico, sin identificar todavía el sentimiento de aflicción <<El mundo te daba pena>> decía mi madre a la hora del té <<Siempre fuiste un niño triste>> Ahora me pregunto, y desde la distancia, cuánto margen de maniobra tuve para no acabar colapsando. Con el doctor K mantenía largas conversaciones sobre el asunto. Nada me hubiese gustado más que alejarme de los remordimientos, las obsesiones y los conflictos del alma. Mi cuerpo ha sido siempre un campo de batalla, le decía al doctor. Sin embargo, el doctor, que era un experto estudioso de espiritualidades, llegó a la conclusión de que yo, y al menos observándome desde una posición externa, era poco más que un quejica aficionado al llanto. Así, y tras una temporada en el hospital, volví a mi apartamento. Después sobrevino la muerte de papá y el verano de las inoportunidades. Ya apenas me quedaba consuelo ni fuerza. La voluntad, como quiera que la llamen los filósofos, me había abandonado por completo. Si me levantaba de la cama era engañándome o bien auto convenciéndome de que merecía la pena vivir".
viernes, 19 de abril de 2013
FRAGMENTOS SIN NUMERAR
Haciendo
un estudio fisonómico de la pareja, diré que él, -y aquí me apoyo en la vasta
tradición pictórica- parecía una silueta trazada por el Greco. Era alto y
esbelto; muy elegante. De barba profusa y profunda, andaba con cierto aire
marcial y vestía, siempre sin pretenderlo, como un dandi surgido de tiempos
mejores. El viejo era un tipo estético. Consideraba el mundo, y así lo dijo
siempre, un lugar dual. Una esfera extraña donde convivían, con excepcional conformidad,
lo grotesco, lo miserable y lo armónico. En el paisaje del mundo, decía, la luz
coexiste siempre con lo tenebroso. <<Lo interesante…>>, decía, <<surge del nacimiento de los opuestos>>. Tal vez por eso, después de una
larga (demasiado larga) temporada desparramado por las calles, el Viejo empezó
a buscar asilo en Elena. Ella era la vida y él era la muerte. Ella la
melancolía surgida de las pinturas prerrafaelitas; él, la fuerza destructora de
un Goya sin oído.Elena
era de una delgadez exquisita; (también su figura se elevaba hacia arriba) si
la esbeltez del viejo podía catalogarse como tardo renacentista, la de Elena se
categorizaba, más bien, dentro de una tradición de retratos devastados por la
tragedia. Elena era, podría decirse, todas las mujeres de Modigliani. Era la
fineza y la elegancia, la suma de colores bailando sobre el lienzo. La mirada
enigmática y mágica. Cuando caminaban juntos, parecían dos
llamaradas de fuego conversando con Dios. Las calles, desde luego, no están dibujadas
para este tipo de seres. Ni los centros comerciales. Ni los parques de
atracciones. Las playas abarrotadas de turistas eran, qué duda cabe, de una
insoportable grosería conceptual. El Viejo se había pasado la vida tratando de
establecer contacto directo con los dioses y estos, que son siempre vengativos
y celosos, fueron a enviarlo, como venganza a su osadía, al sanatorio mental,
víctima de una depresión nerviosa. Los místicos no están bien vistos en la
Tierra. Los píticos, -y el Viejo era un pítico mayúsculo- se destruyen dada su
incapacidad de acomodarse al terreno. El viejo, ante el Kremlin en llamas que
fue su cerebro justo antes de conocer a Elena, se arrancaba las pieles, medio
majareta, descreyéndolo ya todo. Solo podía afirmar una única cosa, el Viejo,
presa de la locura: <<La belleza todavía puedo representarla aquí y
ahora, en medio de este caos>>.
viernes, 12 de abril de 2013
LAS CONSECUENCIAS DEL AMOR
Lo
siguiente, y tras hablarme de trabajo, fue un
acercamiento premeditado. Tampoco resultó difícil teniendo en cuenta lo
abarrotado del local. Nos empujábamos el uno sobre el otro
y de su boca escapaba ya un calor suave. Tal vez fue eso, y no una decisión
plenamente consensuada, lo que me llevó a tratar de empezar con el coqueteo.
Primero hablándole al oído, después, muy cerca de la boca. Conversábamos acerca de asuntos
que no nos importaban; asuntos estúpidos. Superficialidad galopante. Yo sujetaba mi copa con
la otra mano mientras Gema respondía con gemiditos y sonrisitas autocomplacientes.
La miraba a los ojos, cuando alguien, al salir, me empujó hacia ella. Me detuve
antes de llegar a sus labios y empecé a hablarle de Platón. Naturalmente, Platón no le interesaba. Le
importaba un carajo Platón y toda esa cuestión relacionada con la filosofía. A
mí, el asunto tampoco me entusiasmaba demasiado, sin embargo, quería, -y en
aquel momento más que nunca-, juguetear sádicamente hasta confirmar lo lejos que
me encontraba de Gema, de las mujeres y de toda la humanidad. Por más que lo intentase, al final siempre acababa charlando
con damas sin espíritu. Era mencionar cualquier asunto metafísico y comenzar el
desfile de muecas. A Gema no solo le aburría la filosofía, tampoco le
interesaba la literatura ni el arte. No hablaba de películas y, por supuesto,
apenas sentía interés por la política. Gema pensaba que Obama era un presidente
humanitario. Tenía una alarmante falta de curiosidad por casi todo. Estaba tan
alienada, tan aferrada a las costumbres del cortejo que por un momento sentí un terrible sentimiento de repulsa.
Ni siquiera tenía inquietud por la muerte. Quise saber qué pensaba acerca del
infinito. Conocer su postura. Se limitó a torcer el gesto, como si yo solo
hablara de extravagancias y charadas. Como si ella, al contrario que todos, no
fuera a estirar la pata nunca. Así,
le di un tragó a la cerveza y pasé a morderle el escote. Le gustó pero se hizo la difícil. Se
resistía, Gema, pero sin alejarse. Dando vueltas y poniendo cortapisas.Sobre
las tres de la mañana cambiamos de local. Acabamos en un garito más espacioso. Todo allí era vulgar. Los camareros
eran vulgares, la música era vulgar, hasta nosotros quedamos pringados de esa vulgaridad. Lo que Gema quería era llevarme a su país de
gentes miserables, de partidos de fútbol y de telebasura incontrolada. Acababa uno
escoñado. Loco, histérico y sin voluntad.
Comprendí entonces que para los tipos como yo solo existen dos caminos posibles: el camino de
la sumisión o el camino de la soledad. O pasaba por el aro o asumía que estaba solo.
El adocenamiento me espantaba al igual que el aburrimiento; con que cerré los
ojos, y traté de besarla de nuevo. Pero Gema no estaba dispuesta a ponerme las
cosas fáciles, había sido educada como una muchachita decente, y las mujeres
decentes siempre lo niegan todo a la primera. Tendría que volver a lanzarme, me
dijo a la mañana siguiente a través de un mensaje de texto, si no quería volver
a quedarme con la miel en los labios <<Ya sabes que no soy fácil>>. Gema representaba a la típica mujer
contemporánea, liberal e independiente. Y sin embargo, nada más lejos de la
verdad. Gema era tradicional, sumisa y machista. Gema seguía comportándose
como la adolescente que descubre, sin demasiada reflexión, los primerizos juegos del amor. Lo peor de todo es que a mí, ni siquiera me gustaba la miel.
jueves, 4 de abril de 2013
MANIFIESTO ROMÁNTICO
"Teresa desarrolló, casi sin proponérselo y durante los últimos años de estudiante, una concienzuda obsesión por las existencias contrariadas. Lo suyo eran, y así lo había manifestado siempre, los espíritus festoneados de tragedias. Las vidas imposibles. Teresa se aproximaba, como empujada por un viento sucio del infierno, a cualquier tipo de personalidad extrema, a esa sementera de jóvenes poetas que sin alternativa, caminaron por el filo mirando muy de cerca los abismos. Leía impulsivamente a Novalis (un maldito) y a Keats (otro maldito); especializándose, -no por intereses estéticos ni lingüísticos- en toda esa generación de líricos aplastados por la fatalidad. Primero Shelley, muerto en repentino ataque de tormenta. Después Byron (aniquilado salvajemente por la malaria). Teresa estudiaba, descubriendo con asombroso sentimiento de sublimidad, los inexorables destinos de Büchner o Larra (ambos en el cementerio antes de los treinta). Su favorito, Kleist -eterno errante sin rumbo-, cambió de novia hasta encontrar la que quisiera viajar con él al infinito. Se voló la tapa de los sesos tras disparar a su amada un veintiuno de noviembre de 1811. Antes, tomaron café y juguetearon lanzando piedras al lago. Previamente, había recorrido una Europa convulsa, atormentado y solo. Se establecía en una ciudad para después saltar a otra, ¿de qué huía? Pasó por Milán, Viena, Berlín y Basilea. Lo confundieron con un espía y acabó vagando por las hediondas calles de París. El espíritu inquieto, pensó Teresa, no puede librarse de sí mismo ni permanecer en un único sitio. El espíritu inquieto siempre perece. Se lo traga el mundo con su arrebatadora lengua de fuego. Lo castiga, el mundo, por su continua rebeldía. El espíritu inquieto, ya sea romántico o contemporáneo, nunca estuvo bien visto por el dictatorial sistema de la vida. Ni Kleist ni Larra, sobrevivirían hoy como desquiciados vendedores de electrodomésticos. Se darían, como un cruel eco del pasado, otro tiro de gracia antes que servir mesas en abarrotadas terrazas de verano. Nietzsche volvería al abrazo hípico en lugar de vestir riguroso uniforme en Mcdonalds. Ninguno, ni Keats, ni Bellini, ni Büchner venderían su alma a Ikea. André Chénier subiría gustoso a la última carreta del Terror de saber su condena eterna en manos de BP. Y por supuesto, Shelley acabaría por lanzarse en brazos de una nueva tempestad, antes que acabar medio loco sirviendo copas en el nuevo garito de moda".
lunes, 25 de marzo de 2013
RETRETES
"El Novelista áspero nunca escribe. En realidad, este novelista, prefiere la mayor de las veces, entretenerse con juegos de palabras ilustres y chistes inventados. Bebe cerveza cada noche, (a veces empieza antes) lanza piropos a ...mujeres de postín y reflexiona, -sin dar mucha importancia- sobre asuntos de índole metafísica. Cuando ya no le queda otra que sentarse a escribir, escapa a retretes de inframundo. Allí, y con los calzones bajados, se mira los calcetines mientras fuma un último cigarrillo. No es que no quiera escribir, lo que ocurre, y para ser sinceros, es que la escritura resulta siempre agotadora. Es mejor mirarse las entrañas o perseguir a jovencitas de medias coloreadas. Aun haciéndose llamar <<El Novelista áspero>> este escritor nunca escribe. Por eso, cuando se recluye en los retretes del mundo (con los calzones bajados) se admira de la tendencia literaria, siempre oculta, que tienen otros tantos como él. Este novelista áspero dejó de escribir, (si es que alguna vez lo hizo), justo el día en que encerrado tras el umbral del retrete, comenzó a leer, antes que cualquier libro de Baroja, las leyendas y mensajes lanzados a la deriva de los inodoros. Todo se mezclaba tras la puerta del retrete como en la vida misma. Había mensajes de amor y de sexo sucio. Había también símbolos de variopinta ideología, (la inconfundible esvástica torpemente dibujada) los números de teléfono, las ilustraciones cubistas. Había poemas dadaístas y corazones abiertos. Había un nombre de mujer: PAULA. Paula empezaba con PE para acabar en A. Entre la PE y la A había un largo camino de tres letras. Paula debió ser amada con intensidad más al principio que al final, pues entre la PE y la A se apreciaba un cierto cansancio de carácter. El autor enamorado se dejó la pasión por el camino. Apenas leía el Novelista áspero, <<Pau>>, y no <<Paula>>. Así, llegó a la conclusión de que, más valía echarse como novia una de sustantivo corto o monosílabo,-una Ana o una Mar-, mejor que otra de elegante tetrasílabo. Las Verónica y las Margarita corrían el riesgo de ser abandonadas antes de quedar plasmadas, y entre corazones abiertos, tras la puerta de un retrete. Conque subiéndose los calzones y pensando con toda su libidinosidad abultada en un rostro de mujer, volvió a casa, apuntó un par de ideas y regresó a los bares. Allí, el Novelista áspero conoció a una mujer. De nombre: Alejandra. Era artista, y acababa de regresar de Berlín donde, según decía, había dado una conferencia sobre Duchamp. El Novelista áspero pensó entonces qué podía tener de atractivo un retrete para que alguien, quisiera sacar arte de allí.
A-LE-JAN-DRA".
lunes, 18 de marzo de 2013
DE ANIMA O ACERCA DEL ALMA.

Las almas se revierten en cubículos desconocidos. En perros y gatos y
lechuzas nocturnas. Como soy un hombre profundamente estético, no quiero
revertir en un cerdo, prefiero el águila, un ser alado, halcones, delfines,
dinámicos cuerpos submarinos. Nada de mamíferos terrestres, nada de monos con
manos lascivas. Nada de deseo, ni de cadenas atadas a la tierra. Nada de
toparse con alcabaleros ni religiones que te cobren durante el trayecto. En mi
próximo viaje, por supuesto, no hay cabida ni opción para los hombres. En todo
caso, la transformación, que sea palpitante y vibrátil; mirarme en el espejo y
palparme los senos, y los cabellos dorados o cobrizos o tintados de un color
naranja eléctrico. Una mujer o un ser alado o submarino. Nada de hombres, ni de
alcoholes.
Uno corre el
riesgo, desde luego, de caer en el cuerpo de una mujer mediocre. Las mujeres
mediocres son llamativas porque visten miradas absurdas, carentes de
inteligencia. Van a partidos de fútbol, son hinchas, claro está, de lo vulgar,
de lo anodino. La estupidez sienta peor a lo femenino que a lo viril. No es una
verdad absoluta, pero como verdad, es siempre respetable. La mujer mediocre
decepciona como los malos libros. Según el poeta, los libros malos le hacen a
uno perder la fe en la literatura, las mujeres mediocres, en lo femenino
universal.
El
espacio en cuestión, debía ser utilizado, según los jefazos de la revista, como
espacio de reseña. Querían, los jefazos, una crítica, un ensayito breve sobre
el último libro a recomendar, uno de Zweig, por ejemplo, “Veinticuatro horas en
la vida de una mujer”. Sin embargo, la escritura, que es siempre caprichosa, me
ha llevado por los caminos de la Metafísica. Redacto, desconoce uno los
motivos, cierta estulticia breve sobre el alma inmaterial. Esa que Da Vinci
nunca encontró perdiéndose entre la sístole y la diástole. El alma, que por
supuesto es siempre una fantasía de memos, está robada, truncada y encerrada en
un lugar secreto. Así que, ni cerdos, ni perros ni lechuzas aladas. Los cantos
espirituales están pasados de moda, el platonismo está bien como literatura y
como posterior adaptación a Broadway.
Me salto las
bardas de lo permitido, los límites del conocimiento y cualquier término
establecido por filósofos alemanes. Los filósofos alemanes son siempre
ridículos, aburridos y de tirantes alpinos. Algunos tocan el acordeón de las
palabras, y lo que viene después es un continuo abrir y cerrar de boca. La
filosofía, te lo digo a ti, que para nada pareces una mujer mediocre, está para
practicarla a solas, como el onanismo.
Si acaso,
servirse de un amante o instructor de saltos y peripecias, de guías
experimentados, de charlas sentimentales hasta el amanecer y cigarrillo en
mano. Sócrates parloteaba caminando por la linde del río. La filosofía se
practicaba de camino a ninguna parte, lejos del mundanal ruido y de las clases
y de los profesores absortos, obsesos y desechos. El alma, si es que realmente existe y no pertenece al reino de los mitos, no se encuentra más que en la literatura, en el amor, que es siempre de lo más literario, y en las artes. No se encuentra en ninguna clase de Metafísica, ni en los despachos ni en las salas de biblioteca. El alma, que solo reside en los poemas, ni siquiera en la frente desgreñada de los poetas, está para apoyarse en ella mientras las pieles se nos quedan secas. El alma, solo la visten los niños, que no son perversos ni desarrollan, aún, ningún tipo de categoría incluida en el compendio de la psicología freudiana. El alma, te lo digo a ti, que no eres una mujer mediocre, es una ficción necesaria, una metáfora obligada. El alma, mujer, es pura literatura.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





