lunes, 17 de junio de 2013

LA SOLEDAD DEL LECTOR DE FONDO


 
 
                
Todas las noches, en el camino que va de la oficina a casa, un tipo de frente alta, pómulos anchos y piel atezada, pasa por mi lado volando. Es habitual encontrar por el paseo un número inconmensurable de corredores. Algunos corren por diversión, otros, a buen seguro, por mantener la línea y no sentir el plomizo paso del tiempo. Uno corre porque últimamente ha descubierto fotografías de antaño, y claro, no se reconoce. Se pregunta quién es ese tipo atlético que sonríe en la playa y que ahora sostiene barriga. A estos corredores se les identifica porque en el rostro llevan esculpida la inquietud. Son unos guerreros y luchan contra la temporalidad. Corretean infructuosamente entre la implacable escaramuza que es la vida. Naturalmente, estos corredores acaban aplastados y fuera de órbita. En su deseo por retrasar lo inevitable, se agotan. La angustia los termina por retirar del circuito.
En el lado opuesto, y lejos del mundanal ruido, está el corredor de fondo. Este corredor no pisa suelo, planea. Paavo Nurmi, ganó en 1924 el 5000 metros en los Juegos Olímpicos de París. Era conocido como el Finlandés volador. Emil Zátopek, atleta checoslovaco y especialista en pruebas de fondo, se impuso en 10.000 metros y Maratón en Helsinki 52; lo llamaban la Locomotora humana. El corredor de fondo no juega al autoengaño; trasciende límites, desafía obstáculos y desarrolla resistencia. Por supuesto, este tipo de corredor está solo. Nunca corre en grupo, no tiene prisa, se ejercita con la seguridad de que lo importante es el aprendizaje que se adquiere en el camino.
De manera análoga, el lector de fondo atraviesa las vastas extensiones del pensamiento con el mismo afán de autoconocimiento que el corredor. Empieza con lecturas primerizas, de aficionado. Poca cosa, como de paseo. Después se llena los pulmones y atraviesa desiertos. El lector, como el corredor, no teme la canícula. Alimenta el corazón y se construye su propia ética. El lector de fondo se desmarca sigilosamente del lector ocasional, eterno explorador del ocio. El lector de fondo detesta el entretenimiento. No quiere matar el tiempo. El lector que atraviesa desiertos, acaba derrotado pero orgulloso de haber sobrevivido. Después de un desierto, está preparado para atravesar el siguiente. El corredor de fondo mide sus logros en metros, el lector, en páginas y en ideas asimiladas. El primero sufre de llagas y pieles desgarradas. Los músculos se le sublevan en ardorosa insurrección. El lector convive con ojeras y pieles granulosas. El lector desarrolla su actividad en la oscuridad y entre el tumulto. No sabe qué busca pero continúa en su empeño. Algunas llanuras le parecen imposibles de atravesar. Se topa con el desierto de Proust, y lo atraviesa, con las estepas nevadas de Tolstoi, y lo atraviesa. Al volver la vista atrás, recuerda sus primeras lecturas. Hoy poco más que un paseo en noria.
El lector de fondo piensa que uno no lee por afición sino por necesidad. A este lector no le interesan los libros, le interesa, y por encima de todo, la Vida. No se encuentra vida en objetos mercantiles. Un libro no deja de ser una cosa. Esta cosificación se copia, se explota y se comercializa en grandes tiradas de papel (electrónico). El lector de fondo huye del marketing. No es que busque rarezas, más bien elude lo ordinario en pos de la verdad. No colecciona, rastrea entre anaqueles olvidados. Carga libros en bolsos, mochilas y maletas de viaje. Subraya, hace anotaciones, mantiene largas conversaciones con el texto. El lector de fondo saborea las frases y se detiene por miedo a que estas lleguen a cristalizar. Cuando esto sucede, vuelve a empezar. Paladea el discurso y siente una envidia feroz por no ser él el autor de la oración. El lector de fondo es un envidioso que codicia la lucidez de otros. Este lector no tiene su génesis necesariamente en la niñez; al contrario, nunca se fía de quienes crecieron leyendo bajo las sábanas. El lector de fondo se hace lentamente, como los frescos de Miguel Ángel. Descubre autores, hace amistades mudas, desarrolla sensibilidades. Esto es lo más difícil, dicen, porque la sensibilidad requiere, y como la carrera de fondo, un desgastado entrenamiento.
Con la adquisición de dicha sensibilidad, no ya solo literaria, (esta sensibilidad es una forma de observar el mundo), el lector se enfrenta a textos que el lector ocasional no toleraría. La verdad, así, y de golpe, duele. Mientras que el lector ocasional busca sentimientos fáciles, excursiones por parques y jardines, el lector, como el corredor de fondo, enfrenta pendientes, sube escarpadas montañas y jadea por el camino. Una cosa saben los corredores de fondo; arriba, no queda nadie con quien comentar la belleza del paisaje. El lector, como el corredor, cierra una novela y, con mayor o menor fortuna, rara vez tiene un cómplice a su lado. El texto, los personajes, la vida misma, son todo suyos. La vida entera, en ocasiones, suele ser demasiado para un solo hombre.
Pero no es la literatura lo que se muere, sino los lectores. Prevalece la imagen, los colores. Por supuesto es siempre más estimulante la televisión que el libro. El libro pide dedicación, paciencia, concentración. El lector de fondo sabe que el acto de leer requiere un esfuerzo mental y lo acrecienta con ejercicios. El libro es celoso y posesivo, una pareja fatal que sin embargo, sabe recompensar cuando todo lo demás es deficiente. El lector de fondo es consciente de que en ese fondo áspero de su alma, si lee mucho, es porque está solo. Las compañías pervierten el mundo interior o, (y esto dependiendo de quienes sean tus amigos), lo enriquece. Dadas las circunstancias, el lector sospecha del mundo, de los grupos y de las conversaciones plurales. La literatura es siempre un diálogo entre dos personas por mucho que algunos se empeñen en matar al autor. En estos diálogos precisamente, es donde florece la verdad. En la comunicación íntima de la pareja. El escritor y el lector caminan juntos como dos borrachos al final de la noche. Ambos juguetean, se sinceran y exponen sentimientos seguros de que al volver a casa, ninguno recordará nada. Y sin embargo, ahí queda.
Pienso esto en el camino que va de la oficina a casa. El corredor de fondo me adelanta, toma distancia, y se pierde tras los márgenes de la ciudad.
 
 

sábado, 8 de junio de 2013

UNA MUJER EN APUROS


Ningún hombre (o mujer) es durante las veinticuatro horas del día moralmente intachable. Hay que dejar espacio para el odio, para la cobardía y para las frustraciones reprimidas. Todo lo que de esencial o memorable tiene una vida humana, se da, y no en pocas situaciones, con intervalos de tiempo dilatadamente separados. Clara se lo pensó dos veces y entonces dijo: <<Mi vida está empantanada>> Así, y tras saludar a la portera como todas las mañanas, en lugar de asistir a clase, pasó de largo en bicicleta ante los sapienciales muros de la universidad. Ese día, el primero de sus exámenes, Clara decidió no seguir. En lugar de presentarse a la clase del profesor Spitzweg, continuó pedaleando hasta los cines Verdi. Allí compró una entrada y se cobijó, durante las más de dos horas que duraba la proyección, entre las aterciopeladas butacas de la sala. Nadie podría localizarla con el teléfono móvil hundido en el agua de un florero. Clara desapareció de cuántas redes sociales pudiera poseer una mujer de su tiempo y abandonó, sin aviso, el trabajo de camarera que tanto había codiciado. De pronto, el futuro le pareció una fruslería sin importancia. Ni sus amigos, ni sus padres, ni siquiera su gato Picasso, le resultaron tan fieles y cercanos como antes. Pensó que en realidad estaba sola, ella y su conciencia, y aunque el resto de la gente no lo supiera, conformarse era siempre la postura más cómoda. Clara no encajaba con el medio. Si la forma de su alma era triangular, difícilmente lograría ensamblarse a formas de predisposición rectangular. Con esto no quiero decir que los otros fuesen unos cabezas cuadradas, tal vez Clara resultaba en la forma, desproporcionadamente compleja. Sin embargo, seguir con la impostura, era algo que ni ella, ni los espíritus de tendencia triangular, (estos siempre apuntaban hacia arriba) podían permitirse. Ese día Clara dejó de existir. Ya no era la ejemplar estudiante de Medicina que todos admiraban, no era la novia perfecta; ni tampoco la hija y amiga que todos conocían. Ese día Clara se deconstruía, a la vez que escudriñaba el mundo con la mirada de una antropóloga experimentada. Entró en una cafetería y escuchó, siempre con fines científicos, las mediocres conversaciones humanas. En la mesita inmediatamente contigua, un grupo de estudiantes vociferaba descalificando con presteza a la mujer << ¡Zorras, putas, guarras!>> Naturalmente, Clara no podía darse por aludida, pues ni pertenecía a la familia de los Vulpini, ni, (y en contra de lo que expresaran las generalizaciones), se consideraba una mujer al uso. A decir verdad, Clara estaba igualmente apartada del género masculino como del femenino.                                                                                                                          

Al anochecer subió hasta la planta más alta del edificio de correos y observó la ciudad iluminada. Una brisa suave le recorrió el cabello y desplazó, como una hojarasca seca, los pensamientos turbios. Desde arriba, prestando atención a la densidad eléctrica del tráfico, Clara llegó a la conclusión de que era una mujer en apuros. Tomó aire con fuerza y deshaciéndose de la cinta que le sujetaba el pelo, dejó que ésta volara entre las fuertes corrientes de aire. Se preguntó entonces si en medio de aquella atribulada ciudad, habría algún alma triangular, realizando, como ella, ejercicios de autoconocimiento.

martes, 21 de mayo de 2013

SALTOS



"La diferencia de temperamentos que separaba las pasiones autodestructivas de Arturo y las ensoñaciones vitalistas de Lola eran, a primera vista, una cuestión de cuerda. Si el primero se debatía entre ondulantes fantasías de aniquilación, (Arturo pasaba las noches imaginando posibles y heterodoxas formas de suicidio) Lola, envuelta en lúdicos y frenéticos pensamientos, soñaba con el momento de saltar del avión en paracaídas. Arturo vivía solo y se dedicaba, lejos del mundanal ruido, a la creación pictórica. Su obsesión por el paisaje lo había llevado, quizá de forma inconsciente, a alejarse del retrato y con esto, del resto de seres humanos. Dicho aislamiento, sumado a una angustiosa experiencia del mundo, lo habían empujado a una conciencia absurda y a un desproporcionado temor hacia la muerte. Lola, por el contrario, con su incontestable pasión por los deportes de riesgo, afirmaba la vida arriscándola. Su postura era la de una participación total con el mundo. Lola sentía intensamente la vida. La exaltaba. Tenía amigos, asistía a clases de cocina y no se lo pensaba dos veces antes de atarse el arnés para lanzarse así, desde lo más alto del puente de los enamorados. De esta forma, e ignorando los extraños designios del destino, el frustrado suicida y la enérgica aventurera, se encontraban, todavía como dos extraños, a un paso de dar el gran salto".

miércoles, 24 de abril de 2013

MINESSOTA


"Poco antes de enterrar a mi padre, enloquecí. De pronto, había decidido que no quería seguir. Abrí los ojos y ya no pude salir de la cama. En el hospital me diagnosticaron lo que se conoce como Psicosis Reactiva Transitoria, lo cual significa que estás loco pero no de un modo oficial. La locura transitoria te abandona del mismo modo en que llega. Vas a pasar unas vacaciones a la ciudad de los locos, de los tarambanas, de los majaretas y, de regreso, todo está en su sitio; es decir, patas arriba. El doctor K me preguntó si había sufrido algún episodio de estrés durante los últimos meses y yo pensé que, dadas las circunstancias, aparte de perder mi empleo en Coca Cola, sufrir un par de desengaños amorosos y cargar con inconfesables culpas, pocos motivos había tenido para volverme paranoico. Lo mío no era locura, era carácter; o más bien, falta de éste. Los griegos lo llamaban ethos. Por el contrario, yo debí nacer con un exceso de pathos, pues desde que tengo uso de razón, todo en mí ha sido tristeza, pasión, padecimiento y tendencia a la enfermedad. Cuando era niño, los muros del colegio me parecían de un desconsuelo insoportable. Así, mientras los otros correteaban, cantaban y peleaban hasta partirse los morros, yo me apartaba, melancólico, sin identificar todavía el sentimiento de aflicción <<El mundo te daba pena>> decía mi madre a la hora del té <<Siempre fuiste un niño triste>> Ahora me pregunto, y desde la distancia, cuánto margen de maniobra tuve para no acabar colapsando. Con el doctor K mantenía largas conversaciones sobre el asunto. Nada me hubiese gustado más que alejarme de los remordimientos, las obsesiones y los conflictos del alma. Mi cuerpo ha sido siempre un campo de batalla, le decía al doctor. Sin embargo, el doctor, que era un experto estudioso de espiritualidades, llegó a la conclusión de que yo, y al menos observándome desde una posición externa, era poco más que un quejica aficionado al llanto. Así, y tras una temporada en el hospital, volví a mi apartamento. Después sobrevino la muerte de papá y el verano de las inoportunidades. Ya apenas me quedaba consuelo ni fuerza. La voluntad, como quiera que la llamen los filósofos, me había abandonado por completo. Si me levantaba de la cama era engañándome o bien auto convenciéndome de que merecía la pena vivir".                                                             

viernes, 19 de abril de 2013

FRAGMENTOS SIN NUMERAR



Haciendo un estudio fisonómico de la pareja, diré que él, -y aquí me apoyo en la vasta tradición pictórica- parecía una silueta trazada por el Greco. Era alto y esbelto; muy elegante. De barba profusa y profunda, andaba con cierto aire marcial y vestía, siempre sin pretenderlo, como un dandi surgido de tiempos mejores. El viejo era un tipo estético. Consideraba el mundo, y así lo dijo siempre, un lugar dual. Una esfera extraña donde convivían, con excepcional conformidad, lo grotesco, lo miserable y lo armónico. En el paisaje del mundo, decía, la luz coexiste siempre con lo tenebroso. <<Lo interesante…>>, decía, <<surge del nacimiento de los opuestos>>. Tal vez por eso, después de una larga (demasiado larga) temporada desparramado por las calles, el Viejo empezó a buscar asilo en Elena. Ella era la vida y él era la muerte. Ella la melancolía surgida de las pinturas prerrafaelitas; él, la fuerza destructora de un Goya sin oído.Elena era de una delgadez exquisita; (también su figura se elevaba hacia arriba) si la esbeltez del viejo podía catalogarse como tardo renacentista, la de Elena se categorizaba, más bien, dentro de una tradición de retratos devastados por la tragedia. Elena era, podría decirse, todas las mujeres de Modigliani. Era la fineza y la elegancia, la suma de colores bailando sobre el lienzo. La mirada enigmática y mágica. Cuando caminaban juntos, parecían dos llamaradas de fuego conversando con Dios. Las calles, desde luego, no están dibujadas para este tipo de seres. Ni los centros comerciales. Ni los parques de atracciones. Las playas abarrotadas de turistas eran, qué duda cabe, de una insoportable grosería conceptual. El Viejo se había pasado la vida tratando de establecer contacto directo con los dioses y estos, que son siempre vengativos y celosos, fueron a enviarlo, como venganza a su osadía, al sanatorio mental, víctima de una depresión nerviosa. Los místicos no están bien vistos en la Tierra. Los píticos, -y el Viejo era un pítico mayúsculo- se destruyen dada su incapacidad de acomodarse al terreno. El viejo, ante el Kremlin en llamas que fue su cerebro justo antes de conocer a Elena, se arrancaba las pieles, medio majareta, descreyéndolo ya todo. Solo podía afirmar una única cosa, el Viejo, presa de la locura: <<La belleza todavía puedo representarla aquí y ahora, en medio de este caos>>.

viernes, 12 de abril de 2013

LAS CONSECUENCIAS DEL AMOR


Lo siguiente, y tras hablarme de trabajo, fue un acercamiento premeditado. Tampoco resultó difícil teniendo en cuenta lo abarrotado del local. Nos empujábamos el uno sobre el otro y de su boca escapaba ya un calor suave. Tal vez fue eso, y no una decisión plenamente consensuada, lo que me llevó a tratar de empezar con el coqueteo. Primero hablándole al oído, después, muy cerca de la boca. Conversábamos acerca de asuntos que no nos importaban; asuntos estúpidos. Superficialidad galopante. Yo sujetaba mi copa con la otra mano mientras Gema respondía con gemiditos y sonrisitas autocomplacientes. La miraba a los ojos, cuando alguien, al salir, me empujó hacia ella. Me detuve antes de llegar a sus labios y empecé a hablarle de Platón. Naturalmente, Platón no le interesaba. Le importaba un carajo Platón y toda esa cuestión relacionada con la filosofía. A mí, el asunto tampoco me entusiasmaba demasiado, sin embargo, quería, -y en aquel momento más que nunca-, juguetear sádicamente hasta confirmar lo lejos que me encontraba de Gema, de las mujeres y de toda la humanidad. Por más que lo intentase, al final siempre acababa charlando con damas sin espíritu. Era mencionar cualquier asunto metafísico y comenzar el desfile de muecas. A Gema no solo le aburría la filosofía, tampoco le interesaba la literatura ni el arte. No hablaba de películas y, por supuesto, apenas sentía interés por la política. Gema pensaba que Obama era un presidente humanitario. Tenía una alarmante falta de curiosidad por casi todo. Estaba tan alienada, tan aferrada a las costumbres del cortejo que por un momento sentí un terrible sentimiento de repulsa. Ni siquiera tenía inquietud por la muerte. Quise saber qué pensaba acerca del infinito. Conocer su postura. Se limitó a torcer el gesto, como si yo solo hablara de extravagancias y charadas. Como si ella, al contrario que todos, no fuera a estirar la pata nunca. Así, le di un tragó a la cerveza y pasé a morderle el escote. Le gustó pero se hizo la difícil. Se resistía, Gema, pero sin alejarse. Dando vueltas y poniendo cortapisas.Sobre las tres de la mañana cambiamos de local. Acabamos en un garito más espacioso. Todo allí era vulgar. Los camareros eran vulgares, la música era vulgar, hasta nosotros quedamos pringados de esa vulgaridad. Lo que Gema quería era llevarme a su país de gentes miserables, de partidos de fútbol y de telebasura incontrolada. Acababa uno escoñado. Loco, histérico y sin voluntad. Comprendí entonces que para los tipos como yo solo existen dos caminos posibles: el camino de la sumisión o el camino de la soledad. O pasaba por el aro o asumía que estaba solo. El adocenamiento me espantaba al igual que el aburrimiento; con que cerré los ojos, y traté de besarla de nuevo. Pero Gema no estaba dispuesta a ponerme las cosas fáciles, había sido educada como una muchachita decente, y las mujeres decentes siempre lo niegan todo a la primera. Tendría que volver a lanzarme, me dijo a la mañana siguiente a través de un mensaje de texto, si no quería volver a quedarme con la miel en los labios <<Ya sabes que no soy fácil>>. Gema representaba a la típica mujer contemporánea, liberal e independiente. Y sin embargo, nada más lejos de la verdad. Gema era tradicional, sumisa y machista. Gema seguía comportándose como la adolescente que descubre, sin demasiada reflexión, los primerizos juegos del amor. Lo peor de todo es que a mí, ni siquiera me gustaba la miel.